sábado, octubre 10, 2009

La Naranja Mecánica por Anthony Burgees


-¿Y ahora qué pasa, eh?
Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente era lerdo., sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo que podríamos hacer esa noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco. El bar lácteo Korova era un mesto donde servían leche-plus, y quizás ustedes, oh hermanos míos, han olvidado como eran esos mestos, pues las cosas cambian tan scorro en estos días, y todos olvidan tan rápido, aparte de que tampoco se leen mucho los diarios. Bueno, allí vendían leche con algo más. No tenían permiso para vender alcohol, pero en ese tiempo no había ninguna ley que prohibiese las nuevas vesches que acostumbraban meter en el viejo moloco, de modo que se podía pitearlo con velocet o synthemesco o drencom o una o dos vesches más que te daban unos buenos, tranquilos y joroschós quince minutos admirando a Bogo y el Coro Celestial de Ángeles y Santos en el zapato izquierdo, mientras las luces te estallaban en el mosco. O podías pitear leche con cuchillos como decíamos, que te avivaba y preparaba para una piojosa una-menos-veinte, y eso era lo que estábamos piteando la noche que empieza mi historia.
Teníamos los bolsillos llenos de dengo, de modo que no había verdadera necesidad de crastar un poco más, de tolchocar a algún anciano cheloveco en un callejón, y videarlo nadando en sangre mientras contábamos el botín y lo dividíamos por cuatro, ni de hacernos los ultraviolentos con alguna ptitsa tembleque, starria y canosa en una tienda, y salir smecando con las tripas de la caja. Pero como se dice, el dinero no es todo en la vida.
Los cuatro estábamos vestidos a la última moda, que en estos tiempos era un par de pantalones de malla negra muy ajustada, y el viejo molde de la jalea, como le decíamos entonces, bien apretado a la entrepierna, bajo la nalga, cosa de protegerlo, y además con una especie de dibujo que se podía videar bastante bien si le daba cierta luz; el mío era una araña, pete tenía una ruca(es decir, uyna mano), Georgie una flor muy vistosa y el pobre y viejo Lerdo una cosa bastante fiera con un Litso (quiero decir, una cara) de payaso, porque el Lerdo no tenía mucha idea de las cosas y era sin la más mínima duda el más obtuso de los cuatro.


La lectura de este libro ha sido por necesidad, me explico, cuando te vas de vaca y te quedas sin libros para leer hay que buscar alguno que te salve del fallo de cálculo. En el apartamento había varios, barajé varias posibilidades, Trópico de Capricornio, El Villorrio, En Busca del Unicornio, pero al final el elegido fué La Naranja Mecánica. Una sorprendente historia escrita en 1962 donde el personaje principal es la Ultraviolencia Sin Sentido ejecutada por adolescentes. Si tuviese que calificarlo con un adjetico sería curioso pero poco más, a falta de pan buenas son tostadas. Lo que peor he llevado es ese seudolenguaje, nadsat-español, osea que cada dos por tres consultando en las tres últimas páginas que quiere decir una maldita palabra. No se por qué los editores de este libro en cuestión se dejan de vainas y nos hubiesen traducido y ahorrado el mal trago de estar cada poco colsuntado. Para los que hayan visto la genial película de Kubrick no penséis que conocéis el final porque en la novela no es el mismo.

2 comentarios:

jcubillo dijo...

Pues al principio como dices es tedioso buscar el significado de las palabras al final del libro, sin embargo conforme te adentres en la trama del libro te irás familiarizando con esta jerga.

Al final, conocerás todas las palabras y ya no será necesario consultar el glosario, además es interesante ver el final que le dio el autor al libro que es totalmente diferente al de la película y que es el que la mayoría de personas conocemos.

Mork dijo...

Era muy pero q muy tedioso y no le vi el significado pero bueno se leyó así. El final realmente es sorprendente… saludos