martes, mayo 03, 2016

La tristeza del samurái | Víctor del Árbol



Mérida. 10 de diciembre de 1941

Hacía frío y un manto de nieve dura cubría la vía del tren. Una nieve sucia, manchada de hollín. Blandiendo su espada de madera en el aire, un niño comtemplaba hipnotizado el nudo deraíles.
La vía se dividía en dos. Uno de los ramales llevaba hacia el oeste y el otro se dirigía hacia el este. En medio del cambio de agujas, una locomotora estaba parada. Parecía desorientada, incapaz de tomar cualquiera de los dos caminos que se le planteaban. El maquinista asomó la cabeza por la ventanilla estrecha. Su mirada se encontró con la del niño, como si le preguntase a este qué dirección tomar. Así lo creyó el pequeño, que alzó la espada y le señaló el camino del oeste. No por nada. Solo porque era una de las dos opciones posibles. Porque estaba allí.

Cuando el jefe de la estación alzó la bandera verde, el maquinista lanzó por la ventanilla el cigarrillo que estaba fumando y desapareció dentro de la locomotora. Un pitido estridente espantó a los cuervos que descansaban sobre los postes de la catenaria. La locomotora se puso en marcha, escupiendo grumos de nieve sucia de los raíles. Lentamente tomó el camino del oeste.


Descubrí a Víctor del Árbol con la historia, Un millón de gotas y me dejó alucinado. Lo mismo me ha ocurrido con este libro, La tristeza del samurái. Otra historia de dolor, rabia, odio… donde los personajes son llevados a unos límites insospechados.  "Amo la naturaleza del ser humano pero tenemos el alma enferma"