sábado, mayo 23, 2020

El Ángel | Sandrone Dazieri


Antes 
Los dos prisioneros que quedan en la celda hablan en voz baja El primero trabajaba en una fábrica de zapatos. Mató a un hombre mientras estaba borracho. El segundo era un policía que denunció a un superior. Se durmieron en la cárcel y se despertaron en la Caja. El fabricante de zapatos duerme la mayor parte del día, el policía no duerme casi nunca. Cuando ambos están despiertos hablan para mantener a raya las voces. Cada vez son más fuertes, ahora ya gritan todo el tiempo. A veces también hay colores, tan brillantes que los ciegan. Es el efecto de los medicamentos que deben tomar todos los días, es el efecto del casco que les ponen en las cabezas y que hace que se retuerzan igual que gusanos en una sartén ardiendo. El padre del fabricante de zapatos estuvo en una prisión de su ciudad en la época de la guerra. En los sótanos había una habitación en la que a uno le hacían estar de pie, en equilibrio sobre una tabla, y si se movía, acababa cayendo en el agua gélida. Otra era tan pequeña que los presos solo podían estar acuclillados. Nadie sabe cuántas personas fueron torturadas en los sótanos de aquella casa, nadie sabe cuántas personas fueron asesinadas. Miles, dicen. Pero la Caja es peor. Si uno tenía suerte, desde aquel antiguo edificio podía volver a casa. Herido, violado, pero vivo, como el padre del fabricante de zapatos. En la Caja uno solo puede esperar la muerte. La Caja no es un edificio, no es una cárcel. Es un cubo de hormigón sin ventanas. La luz del día se filtra a través de las rejillas del patio que está sobre sus cabezas, un patio que quienes son como ellos pueden ver solo una vez, la última. Porque cuando te sacan al aire libre significa que para entonces ya estás demasiado enfermo. Porque atacaste a un guardia, o mataste a un compañero de celda. Porque te has mutilado, o has empezado a comer tus excrementos. Porque ya no reaccionas a los tratamientos y te has vuelto inútil. El policía y el fabricante de zapatos todavía no han llegado a ese punto, aunque saben que les falta poco. Los han machacado, han implorado y rogado, pero no se han extraviado, no del todo. Y cuando la Chica llegó, trataron de protegerla. 


Con No está solo flipé y lo normal es que a continuación leyese El ángel, el listón estaba muy muy alto y en esta entrega ya no me ha sorprendido tanto, pero me ha gustado. Sabíamos que era misión imposible superar a No está solo. Lo que tienen estás sagas es que al final te enganchas a los personajes y quieres saber que es lo siguiente y es eso lo que me ha mantenido ahí agarrado con uñas y dientes. Sandrone Dazieri en esta segunda entrega sigue con el mismo esquema de una trama en principio sencilla que con el paso de las páginas se va a ir complicando, y por supuesto la trama principal de esta trilogía va a dar un par de pasitos hacia adelante. Después de leerlo no me han quedado muchas fuerzas para leer El rey, está bien leerlos seguidos si cabe la posibilidad para luego no tener que rememorar nada, pero también hay ocasiones en que es mejor oxigenar y dar un poco de tiempo al siguiente para disfrutarlo plenamente. Y es lo que haremos con el último libro que ya sabemos que Sandrone va a dejar a nuestra pareja pendientes de un hilo muy muy fino.

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