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viernes, noviembre 04, 2011

Laura | Vera Caspary


La ciudad estaba tranquila aquel domingo por la mañana. Los millones de neoyorquinos que por necesidad o preferencia se quedan en la ciudad durante los fines de semana estivales se hallaban presa de una gran lasitud debida a la humedad reinante. Una espesa bruma, que tenía el olor y producía la sensación del agua en que se han lavado muchos vasos de soda, envolvía la isla. Me parecía que, entre todos esos millones de seres, tan sólo yo, Waldo Lydecker, estaba, pluma en mano, trabajando. La jornada anterior, llena de sobresaltos y emociones, me había despojado de todo pesar. Ahora, después de recuperar nuevas fuerzas, me ponía a escribir el epitafio de Laura. Mi dolor ante su muerte repentina y violenta hallaba alivio al considerar que, si mi amiga hubiese vivido hasta una edad muy avanzada, quizá hubiera caído en el olvido, mientras que la violencia de su muerte y el talento de su admirador le brindaban una excelente ocasión de lograr la inmortalidad.
Sonó el timbre de mi puerta. No habían cesado aún sus vibraciones eléctricas, cuando Robert, mi criticado filipino, entró para decirme que el señor McPherson deseaba verme.
-Mark McPherson! -exclamé.Luego, adoptando el aire de alguien que podría encontrarse con Mussolini sin temblar, ordené a Robert que le dijera al señor McPherson que esperase. Al fin y al cabo, Mahoma no salió corriendo para ir a la montaña.

La verdad que ha sido un libro que no me ha entusiasmado demasiado aunque digan que es una novela admirable por su arquitectura y su estilo. Yo a este tipo de libro le pido otra cosa. Si esperas encontrar una historia sorprendente, éste no es tu libro. Lo que si que puedo decir a su favor es la manera en que es contada las historia y sus singulares personajes. Dos en concreto, Waldo Lydecker y Mark McPherson. También he de decir que el diseño de portada no ayuda para nada a vender este libro.