Aquel miércoles se cumplió el destino de Juan Narciso Ucañán sin que el mundo se percatara de ello.
Sí lo hizo, sin embargo, unas pocas semanas después, y sin que jamás se pronunciara el nombre de Ucañán. Era uno entre una muchedumbre. Si se le hubiera podido preguntar directamente qué fue lo que sucedió aquella mañana temprano, se habrían encontrado algunos acontecimientos muy similares que tuvieron lugar al mismo tiempo en todo el globo. Y posiblemente el relato del pescador, precisamente porque surgía de su visión más bien simple del mundo, hubiera evidenciado una serie de complejas conexiones que sólo más tarde se confirmaron. Pero ni Juan Narciso Ucañán ni el océano Pacífico frente a las costas de Huanchaco, en el norte de Perú, revelaron nada. Ucañán permaneció tan mudo como los peces que había pescado a lo largo de toda su vida. Cuando finalmente se lo encontró formando parte de una estadística, los sucesos ya habían pasado a otra fase, y las pocas referencias sobre su paradero no revestían mayor interés.
Sobre todo porque ya antes del 14 de enero no había habido nadie que se interesara especialmente por él y por sus problemas.
Así por lo menos lo veía Ucañán, quien no era muy partidario de que Huanchaco se hubiera transformado con los años en un destino turístico internacional, como playa paradisíaca. A él no le servía de nada que unos perfectos desconocidos esperaran que los nativos salieran al mar en arcaicos botes de juncos. Lo arcaico era más bien que todavía salieran. La mayoría de sus paisanos se ganaban la vida en las traineras-factorías y en las fábricas de harina o aceite de pescado, gracias a las cuales Perú, a pesar del descenso de la pesca, seguía encabezando la lista de las naciones pesqueras, junto con Chile, Rusia, Estados Unidos y los principales países asiáticos.
Un auténtico ladrillo de 1.176 páginas, difícil de digerir. Cuando no tengo muy claro qué leer, a veces me embarco en libros que prometen ser entretenidos, pero que al avanzar terminan convirtiéndose en una experiencia bastante pesada.
Esta lectura me ha dejado precisamente esa sensación: que la extensión no siempre juega a favor. Más páginas no significan necesariamente un mejor libro, y aquí da la impresión de que el autor ha apostado por la cantidad antes que por la calidad.
Si tengo que destacar algo positivo, es que el argumento resulta interesante y diferente. Sin embargo, adentrarse en él puede exigir pagar un precio elevado en tiempo y paciencia.


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